Reyes Magos

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Al llegar a Belén, los Magos “vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron” (Mt 2,10-11). Los pueblos babilonios, persas y medos solían llamar Magoi a hombres poseedores de gran sabiduría a quienes se les solía buscar para recibir consejo.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “en esos magos, representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena nueva de la salvación” (528), y san Efrén (306-373), Padre y Doctor de la Iglesia, medita: “Los Reyes Magos, que adoraban los astros, no habrían decidido ir hacia la luz si la estrella no los hubiera atraído con su esplendor. Ella misma atrajo su amor, de una luz perecedera, hacia la luz que no se apaga” (Comentario al Diatessaron, II, 5).

 

Los nombres de los Magos que acudieron a Belén para adorar al Mesías recién nacido no son mencionados en los evangelios, pero sí en la Tradición, y ya desde el siglo VII se les menciona como Melchior, Gataspa y Bithisarea en un manuscrito que hoy se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia; y en un mosaico del siglo IX que se localiza en la ciudad de Rávena, Italia, en el que ya se les nombra Melchor, Gaspar y Baltasar.

En el año 725, el monje benedictino inglés Beda el Venerable, dejó testimonio escrito en el que describe a Melchor como un anciano con barba blanca, a Baltasar como un adulto con barba tupida negra y a Gaspar como un joven sin barba, y les asignó los tres continentes conocidos hasta entonces: Europa, Asia y África. Posteriormente, Baltasar fue descrito como un moro noble de África. De esta manera, los Reyes representan a todos los hombres del mundo, a mayores y a jóvenes, a negros y blancos.

Los restos-reliquia de los Reyes Magos fueron hallados por santa Elena, madre del emperador Constantino, durante su incursión a Tierra Santa, y los llevó a Constantinopla, de donde siglos más tarde se sacaron de la basílica de Santa Sofía para trasladarlos a la ciudad de Milán, en Italia, donde se veneraron en la iglesia de San Eustorgio hasta que en 1162, tras la conquista de Milán, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I Barbarroja, los llevó a Alemania como trofeo de guerra y los confió a monseñor Rainald Von Dassel, obispo de Colonia, a donde llegaron el 23 de julio de 1164. Colonia se convirtió de inmediato en una ciudad de peregrinación, tanto como Roma o Santiago de Compostela, gracias a la llegada de las reliquias.

El obispo sucesor de Von Dassel, monseñor Philipp Von Heinsberg, en 1180 encomendó la elaboración de un relicario al artista y orfebre Nikolaus Von Verdun (1130-1205), quien diseñó un magnífico cofre cuya elaboración demoró 40 años hasta que fue concluido en 1220 por artesanos de Colonia.

Conocido como Dreikönigenschrein, el magnífico relicario, elaborado en madera recubierta con plata sobredorada, tiene forma de iglesia basilical, mide 2.20 metros de largo, 1.10 de ancho, 1.53 de alto, pesa más de 300 kilogramos, está decorado con bajorrelieves y altorrelieves en oro y profusamente decorado con incrustaciones de esmaltes, de marfil y de 220 piedras preciosas. En su interior resguarda los tres sarcófagos, dos de ellos juntos, con el tercero encima de ambos, que contienen los restos-reliquia.

Una vez terminado el relicario más grande de la cristiandad, se inició la construcción de una nueva catedral, proyectada para que fuese la iglesia más grande del mundo, cuya edificación continúa hasta ahora, y que comenzó en 1248 sobre el emplazamiento de la antigua catedral, que en el año 818 se había edificado en torno a un templo romano del siglo IV, para dar lugar al actual edificio de planta en forma de cruz latina de cinco naves, de 144 metros de largo 45 de ancho, 43 de altura y con dos torres de 157 metros, medidas que la hacen ser una de las iglesias más grandes del mundo.

El 21 de julio de 1864, los sarcófagos fueron abiertos por investigadores que descubrieron tres cráneos sin mandíbulas inferiores y los esqueletos casi completos de dos hombres de 50 y 30 años y uno de 12, edades coincidentes con la descripción de san Beda el Venerable.

Entre 1961 y 1973 la urna-relicario fue sometida a trabajos de restauración que le devolvieron el esplendor de su aspecto original.

En 1979, los sarcófagos nuevamente se abrieron para practicar análisis científicos gracias a los que se determinó, entre otros resultados, que la tela que envuelve los huesos consiste en damascos de seda y púrpura originarios del siglo I.