Imágenes de santos

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En la iconografía de los santos, plasmada mediante pinturas y esculturas, un recurso que permite identificar de quién se trata es el llamado Atributo, que corresponde a un objeto que se refiere a su origen, personalidad, ministerio o martirio.


Así, la imagen de un anciano que sostiene en su mano unas llaves o que ha sido crucificado de cabeza, fácilmente permite identificar a san Pedro; y si es un anciano con gesto firme que carga una espada y un libro, se trata de san Pablo; pero si en la mano sostiene una azucena o un nardo, entonces es San José, el esposo de la Virgen María.


A los cuatro evangelistas se les logra reconocer porque sujetan un libro, en alusión al Evangelio escrito por cada uno de ellos, y particularmente, a san Mateo porque lo acompaña un ángel; a san Marcos, un león; a san Lucas, un toro; y a san Juan, un águila.


Fácilmente se sabe que un fraile dominico mulato, con escoba y acompañado de un perrito y un ratón, es san Martín de Porres; que tres monarcas con cofres, son los reyes magos; que una monjita con un crucifijo bañado de rosas es santa Teresa del Niño Jesús; y que un fraile franciscano enjuto, pobre y estigmatizado, en san Francisco de Asís. Pero ya se necesita conocer más de los atributos de los santos para saber que un fraile con un corazón ardiente en la mano, es san Agustín; que un dominico acompañado por un perro con una antorcha, es santo Domingo de Guzmán; para identificar a san Martín de Tours como el jinete que con su espada corta su capa en dos para darle la mitad a un desvalido; al arcángel san Miguel, por su espada; a san Gabriel, por el lirio que presenta; y a san Rafael por el pescado que porta.


Conocer los atributos de los santos permite identificar, entre otras muchas cosas, a quién ha sido dedicada una iglesia con sólo observar la imagen del santo en la fachada o en el retablo principal, o por cuál de las órdenes fue edificada originalmente una iglesia, una capilla o un convento, al reconocer al santo patrono que la tutela.


Así como hay atributos particulares de algún santo, también los hay genéricos, como la palma, que indica que se trata de un mártir; la corona, orbe o cetro, que corresponden a un rey o a una reina; una calavera, que representa la redención de Adán y el hombre nuevo; un perro, que simboliza la fidelidad; un gato, el ambiente doméstico; un pez, un pan, un racimo de uvas o un pelícano, que son símbolos eucarísticos; o una iglesia sostenida en la palma de la mano del santo, que así indica que se trata de un apologeta, fundador de una orden o bienhechor de la Iglesia.


Para amar y venerar a los santos, es justo saber que aunque el mandamiento divino indicaba, en el libro del Deuteronomio, la prohibición de toda representación de Dios por mano humana, ya también en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado, como la serpiente de bronce (cf Nm 21,4-9; Sb 16,5-14; Jn 3,14-15) y el arca de la Alianza y los querubines (cf Ex 25, 10-12; 1 R 6,23-28; 7,23-26); y que, con fundamento en el misterio del Verbo encarnado, el Concilio ecuménico de Nicea, del año 787, justificó contra los iconoclastas el culto de las imágenes de Cristo, de la Virgen María, de los ángeles y de todos los santos, pues al encarnarse, el Hijo de Dios inauguró una nueva apreciación de las imágenes. Por ende, el culto a las imágenes de lo sagrado no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos pues, como afirma san Basilio, “el honor dado a una imagen se remonta al modelo original”, ya que quien venera una imagen, venera a la persona que en ella está representada, y así, el honor tributado a las imágenes sagradas es una veneración respetuosa, y no una adoración, que solamente le corresponde a Dios.


Es fascinante adentrarse en el conocimiento de las iconografías y de los atributos de los santos, pues son vehículos para conocer sus hagiografías que, a su vez, como narraciones de sus vidas, se convierten en recursos que permiten conocer la vida de un varón o de una mujer que, como verdaderos héroes de carne y hueso, lograron configurar su vida con la del Señor, y en el conocimiento de sus virtudes, la manera de imitar la vida de Jesús.