Libro de los Hechos de los Apóstoles

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La lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles, también llamado Libro de los Hechos del Espíritu, es fascinante porque nos traslada a los inicios de la Iglesia que el Señor quiso establecer en nuestro mundo para estar con nosotros y así extender la Fe a todos los pueblos.

El Espíritu de Dios es el autor de este libro sagrado, que san Lucas fue escribiendo entre los años 90 y 100, como segunda parte de su obra luego de escribir su evangelio. En un principio, ambos escritos formaban un libro hasta que los editores del canon decidieron dividirlo, tomando la primera parte como evangelio, los hechos de Jesús; y el Libro de los Hechos, los hechos del Espíritu de Jesús, como principio histórico de la Iglesia. Así, Lucas describió la historia de la Iglesia a la que ya considera autónoma, con Jesús y después de Jesús. A diferencia de los evangelistas Marcos, Mateo y Juan, que no narraron una historia posterior, Lucas sí lo hizo al escribir esta segunda parte con el objetivo de marcar la dirección del camino cristiano. En efecto, el Libro de los Hechos ofrece una historia del Espíritu de Jesús, que es el Espíritu de Dios mismo, que va trazando un camino que parte desde Jerusalén, con Pedro y los Doce, a través de Antioquia, y de Pablo, hasta Roma, desde donde estando cautivo, anunció el Evangelio al mundo conocido.


El Libro de los Hechos contiene la fascinación de saber que esta historia de la Iglesia, que traza una trayectoria que viaja del judaísmo antiguo de Jerusalén a la nueva universalidad, que representa Roma, es guiada por obra del Espíritu de Dios, que es el Espíritu de Cristo, que es quien lo guía todo; y de descubrir que no se queda en una crónica del pasado, sino que constituye una historia interna, continuada y permanente de la Iglesia.

 

El Espíritu Santo es el protagonista del libro de los Hechos, que viene sobre los primeros discípulos, apóstoles, mujeres, parientes y amigos de Jesús, a quienes inunda con la fuerza de Cristo y los capacita para ofrecer el anuncio y testimonio de la salvación a todos los pueblos desde Jerusalén. Además intervienen otros protagonistas:


San Pedro, como figura histórica esencial en el comienzo de la Iglesia, quien confirma la apertura a los gentiles, aunque luego la misión universal la asume y realiza san Pablo.


Los Doce apóstoles, que aunque pronto desaparecen de la narrativa de Lucas, constituyen el principio de la misión de la Iglesia.


El camino de san Pablo, que encuentra su principio en el acontecimiento de Pentecostés como el despliegue de la Iglesia a partir de una experiencia carismática, como apertura desde Jerusalén a todos los pueblos, despliegue que se concreta a través de los helenistas y que culmina por Pablo llevando la Iglesia a Roma, signo de los pueblos.


Galilea, Jerusalén y Roma, que son el camino de la Iglesia, que para Marcos y Mateo inicia su misión en Galilea, en tanto que para Lucas comenzó y se confirmó en Jerusalén, desde donde se extendió al mundo entero, complementándose así los evangelistas, pues Jesús subió a Jerusalén para realizar la obra de Dios, donde surgió la Iglesia como grupo mesiánico, que luego sale de Jerusalén para llegar a Roma, y de allí al mundo.


San Lucas, quien escribió el Libro de los Hechos, nació en la ciudad sirio-romana de Antioquía, donde inicialmente se desempeñó como médico, proveniente de una familia de origen griego. Conoció personalmente a la Virgen María, de quien recibió referencias de la vida de la Sagrada Familia y algunos detalles de la infancia de Jesús que él dejó plasmados en su relato del Evangelio, escrito en lengua griega elegante, refinada y de exquisita lectura. Antiguas tradiciones le atribuyen haber elaborado diversos retratos de la Virgen María, plasmados en pintura al temple sobre madera.


Por las cartas de san Pablo, se sabe que estuvo con él en su viaje de Filipos a Tróade; en Jerusalén, donde Pablo fue atacado por los judíos; en la isla de Malta, a la que llegaron en un naufragio; y en Roma, donde se mantuvo cercano a san Pablo hasta que se perpetró su martirio  durante la persecución del emperador Nerón.


San Lucas murió mártir a la edad de 84 años, colgado de un árbol. Luego de ser sepultado junto a una imagen de la Virgen María, elaborada por él mismo, sus restos se trasladaron a Constantinopla, a la Basílica de los Santos Apóstoles, y de allí a la basílica de santa Justina, en Padua, Italia, donde se veneran hasta ahora.