¿Somos mejores?

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Conviene tener precaución al considerar que la humanidad de hoy es mejor que la de ayer. En efecto, cometemos un error al atribuir al ser humano los mismos criterios de medición que aplicamos para la ciencia o la tecnología, pues quedamos engañados considerando que ahora somos mejores personas que las que vivieron hace mil o dos mil años.

Seamos sinceros y respondámonos si la humanidad actual tiene pensamientos y sentimientos más humanos que los de aquellos que nos precedieron en el espacio y en el tiempo. La cultura, la ciencia, el arte, la sociología, la filosofía y la teología son formas de expresión humanas que nos pueden mostrar si acaso el paso del tiempo y de generaciones han sido motivo para que la humanidad avance.


Cuestionémonos, entonces, si hoy hacemos una literatura más pura que la de Miguel de Cervantes Saavedra quien, al escribir su Quijote, empleó más de 30 mil palabras diversas cuando que hoy nos expresamos, en nuestra lengua castellana, con no más de 1500 palabras, si acaso. Y los ingleses o norteamericanos, ¿hablan un inglés más rico que aquel que con elocuentes palabras puso William Shakespeare en las bocas de los personajes que él mismo creó para el teatro, representando en cada uno de ellos un perfil de las diversas personalidades del ser humano?.


¿Hoy esculpimos el mármol mejor que los griegos y romanos de antes de Cristo o, no tan lejos en el tiempo, lo hacemos mejor que hace 500 años en el Renacimiento italiano? ¿Hoy se cubren lienzos con pinturas que superan a los pinceles del Caravaggio, Rafaello, Verrochio, Tiziano o Boticelli?.


¿Quién, solamente en el último siglo, ha superado el pensamiento de los filósofos helénicos como Platón, Sócrates, Aristóteles, Demócrito, Tales de Mileto, Parménides, Pitágoras, Diógenes, Anaxágoras, Sófocles, Epicuro o Heráclito -por mencionar solamente algunos- cuando de entre todos los alumnos de todas las universidades de hoy no encontramos ni siquiera a uno como ellos? Y de los pensadores medievales, para no ir más allá de nuestra era, quién ha superado a Pedro Lombardo, Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Guillermo de Okham, John Duns Scott o a Isidoro de Sevilla? ¿Y quién levanta la mano, seamos sensatos, para afirmar que la filosofía de todo el siglo XX ha ido más allá de aquello a lo que el príncipe Siddhārtha Gautama, el Buda, llegó por sus propias meditaciones hace más de dos mil años?.

Y los gobernantes, ¿son superiores los de ahora que los de antes? ¿son mejores las actuales formas de gobierno, que aunque presumen ser democráticas, en realidad son vulnerablemente corruptibles? ¿Gobiernan los presidentes de hoy, sirviendo a los pueblos, mejor de como los hicieron los monarcas de ayer…?
 

Personalmente, encuentro un serio problema en afirmar que la humanidad evoluciona solamente porque el tiempo pasa. Eso no es lo que nos mejora, aunque sí nos hace jueces de nuestros ancestros, a los que vemos como seres primitivos sólo porque vivieron hace cien o mil o tres mil años antes. En efecto, el simple paso del tiempo no nos ha hecho mejorar, pues si así fuese, ya seríamos, al menos, como Jesús de Nazaret nos pidió ser y actuar. Y en lo que atañe a cada individuo, preguntémonos con sensatez si acaso un anciano es mejor que un niño, la verdad es que no lo es, pues los niños no guardan resentimientos, con facilidad perdonan y con docilidad se conducen en sus relaciones con los demás; los mayores, en cambio, cargamos un largo historial de desamores, rencores, venganzas y pecados. Ya Jesús aseguró que el Reino de Dios es de los que son como niños (Cfr Mc 10,14) e indicó que “el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Mc 10,15).
 

No puedo terminar este escrito sin unas palabras de esperanza, y trataré de hacerlo al decir que si no es el paso de los siglos y de los años lo que nos hace mejores, es entonces esa parte de Dios que habita en nosotros, que es su Espíritu. En efecto, es en nuestra espiritualidad donde se encuentra el colosal potencial para ser mejores seres humanos y mejores personas.
 

Lamentablemente esta humanidad, luego de hacer a Dios a un lado, endiosándose a sí misma pretende ser mejor de lo que fueron sus ancestros. No se puede mejorar así, no con tan mezquina idea; mejor es que volvamos la mirada a Dios, que nuevamente centremos la atención en Él y que elevemos nuestro espíritu para que sea Dios quien nos responda a lo que, en rigor, habría de constituir nuestro principal anhelo: ser cada día mejores personas.