Domingo de Ramos

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Antes de llegar a Jerusalén para concretar su entrada mesiánica a la Ciudad Santa, Jesús había atravesado la aldea de Jericó donde, al salir, se encontró con un mendigo ciego de nombre Bartimeo. Esta ciudad, que se ostenta como la más antigua del mundo en un gran letrero que pende del edificio de la municipalidad, solía ser en tiempos de Jesús un sitio de esparcimiento donde ricos y poderosos edificaron palacetes veraniegos con infaltables piscinas para su descanso y gozo.

Bartimeo bien sabía que los potentados llegaban a Jericó cargados de viandas, manjares y vinos para disfrutarlos durante su estancia, y por ello solía colocarse en su puesto de mendigo para recibir, por lástima, algo de todo eso. Conocía también que, terminados los días de descanso, los ricos cargaban consigo lo que no habían consumido, sobras de las que él podría recibir algo, en ocasiones con una mayor generosidad movida por el reclamo moral de la conciencia de aquellos ricos que, tras haber gozado en exceso, se encontraban con un pobre hombre que nada tenía. 


Como suele ocurrir en los ciegos, el sentido del oído se desarrolla para suplir la carencia de la vista, así que Bartimeo conocía por la escucha lo que no podía advertir por los ojos, y lograba identificar, por las voces de los ricos y de sus acompañantes, quiénes transitaban por el camino, y sabía quiénes compartían generosamente y quiénes no. Al escuchar que se aproximaba una muchedumbre, de la que no lograba identificar ninguna voz conocida, preguntó de quién se trataba, y “al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: -¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (Mc 10,47). A este ciego, que se atrevió a llamar a Jesús pronunciando el título mesiánico de Hijo de David, a partir de la creencia judaica en que el Mesías sería descendiente de la estirpe real de David, “muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: -¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10,48). ¿De dónde sabía Bartimeo que Jesús era el Mesías? ¿Cómo había llegado a tan alto y misterioso conocimiento? Razonablemente no por él mismo, sino por haber escuchado lo que decían los poderosos de Jerusalén acerca del carpintero de Nazaret. ¡Ellos sí que conocían la personalidad mesiánica y divina de Jesús!

 

Bartimeo intuyó que del Señor no recibiría una limosna, sino un milagro, y cierto de que él pondría final a toda su precariedad, insistió hasta que “Jesús se detuvo y dijo: -Llámenle. Llaman al ciego, diciéndole: -¡Animo, levántate! Te llama. Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: -¿Qué quieres que te haga? El ciego le dijo: -Rabbuní, ¡que vea! Jesús le dijo: -Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino” (Mc 10,49-52). Jesús le concedió la vista, y con ella el milagro adicional de levantarlo de su postración e integrarlo al camino,  y todo ese trecho entre Jericó y Jerusalén no cesó de aclamar a Jesús como el Mesías prometido por Dios, y a la aclamación de Bartimeo se sumaron las voces de la muchedumbre y así llegaron a Jerusalén: “Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» Y entró en Jerusalén, en el Templo, y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania” (Mc 11,8-11).


En efecto, el ciego reconoció en Jesús al Mesías, y lo hizo públicamente, y cuando intentaron callarlo él gritó con vehemencia. Grandes lecciones nos deja Bartimeo hoy, particularmente a quienes pensamos que todo lo vemos cuando no es así, pues mucho nos falta por ver y conocer. Nos muestra que debemos llamar a Dios con insistencia y nos enseña a seguir a Jesús hasta el portal de su Pasión, Muerte y Resurrección para estar con él en el inicio de nuestra redención.
 

Al comenzar la Semana Santa el Domingo de Ramos, nos preparamos a encontrarnos con Jesús en sus más dolorosos momentos y nos disponemos a celebrar esa conquista espiritual ganada por él para todos los suyos, para quienes le reconocemos como el Mesías anhelado, para los que le seguimos y en él confiamos, para todos nosotros, los que con palmas le seguimos por el camino y aclamamos con entereza que él es el Rey y Señor de nuestros días.