Jueves, 13 Junio 2024

Editoriales

En vano me rinden culto

En vano me rinden culto

Los fariseos, la secta judaica fundamentalista que observaba de manera escrupulosa toda prescripción y ritual emanado de las tradiciones de los antiguos, fincaba su religiosidad en la observancia de las normas, pero estableciendo preceptos extremistas acusando de pecador impuro a todo aquel que no se sometiese a sus disciplinas, convirtiendo así el amor al prójimo en el desprecio de los demás, en tanto que Jesús enseñó que una manera de expresar el amor a Dios es amar a los demás.

Los escribas, por su parte, estudiosos y maestros de la Escritura sagrada, adaptaban en beneficio propio la palabra de Dios utilizándola como medio para reprobar toda acción humana que no estuviese acorde con sus propios beneficios.

“Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, –es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos. Y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas–. Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, según está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Dejando el precepto de Dios, se aferran a la tradición de los hombres.»” (Mc 7,1-8).

Aquellos escribas se desplazaron desde Jerusalén hasta Galilea integrando una delegación con la encomienda de espiar a Jesús, en sus dichos y en sus hechos, para difamarlo y calumniarlo valiéndose de la Escritura para sustentar sus ignominias. Y, confabulados con los fariseos, ambos formaron una fuerza común a fin de disuadir a los discípulos de Jesús en su devoción hacia él.

La prescripción de lavarse las manos constituía más un ritual de purificación que de sanidad. Antes de comer para recibir el don de la vida que Dios entrega en los alimentos, debían purificarse a fin de evitar que lo impuro, al entrar al cuerpo les hiciera quedar, a su vez, impuros ante Dios.

Sabedor san Marcos de que su escrito sería leído también por no judíos y por demás comunidades paganas desconocedoras de las tradiciones judaicas, tuvo la precaución de explicar él mismo, a manera de nota de autor, el sentido purificador del ritual judaico a fin de que pudiese ser comprendido por todos sus lectores. Y en seguida consignó la acusación que configuraron los escribas con los fariseos: tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que con manos impuras.

Ante tal falacia, la corrección del Señor fue enérgica; no se arredró ante sus acusadores y, conociendo la Escritura, citó al profeta Isaías después de haberles llamado hipócritas. Les dijo hipócritas porque la fundamentación de sus argumentos la establecieron a partir de sus conveniencias, de enseñanzas propias que ya no eran la voluntad de Dios, porque quienes no vivían acordes con la Revelación, eran ellos mismos, pues habían dejado de obedecer a lo que Dios indicó, para hacer lo que ellos prescribían, tal como los describen los salmos: “Doblez, sólo proyectan, su placer es seducir; con mentiras en la boca, bendicen, y por dentro maldicen” (62,5) y “Mas le halagaban con su boca, y con su lengua le mentían; su corazón no era fiel para con él, no tenían fe en su alianza” (78,36-37). Bien merecieron ser señalados como hipócritas.

Nosotros también seríamos hipócritas toda vez que el noble gesto de guardar las tradiciones que hemos recibido no nos fuese suficiente para hacer el bien, y cuando, valiéndonos de las Sagradas Escrituras o del Magisterio de la Iglesia, nos constituimos en severos jueces de la conducta de los otros, al asumir un papel de observantes puros en contraste con quienes llamamos pecadores, pues buscando una recompensa moral, o la gratificación social, nos olvidamos del precepto de Dios.

Con el enfrentamiento farisaico, creció la tensión entre Jesús y los grupos de poder, pues él habría de liberar al hombre de esa opresión bajo pretextos religiosos. Ellos pretendían evitar que Jesús los hiciera libres al conocer la verdad. Dios representaba para esos grupos el pretexto más justificable de sus acciones, pues en su nombre explotaban a la creatura a fin de mantener y conservar las retribuciones del poder.