Jueves, 01 Diciembre 2022

Editoriales

Puedes limpiarme

Puedes limpiarme

En tiempos de Jesús, todo leproso era una dolorosa pintura de la existencia humana, era un hombre prohibido, atrapado en sus propias llagas, hijo de la muerte oculta en sus ojos, de risa olvidada, de invisible esperanza, como si fuesen sus pecados lo que laceraba su cuerpo desarmonizado que, descompuesto, despedía por sus llagas una fetidez repulsiva.

Un feliz día, uno de esos hombres se encontró con Jesús: “Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, lo tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio” (Mc 1,40-42). Arrojado de su entorno, había sido confinado a vivir entre las grutas afuera de las ciudades, entre la escoria de la humanidad, en el infierno en la tierra.

Aquel leproso, a quien nadie debía tocar por prescripción de la ley de la pureza, recibió el toque personal de Dios, pues en cuanto Jesús extendió su mano para tocar al hombre herido, el roce de su mano le hizo sentirse seguro y amado. Luego lo envolvió con sus brazos y lo atrajo hacia sí en un abrazo de amor perfecto, estrechándolo junto a su pecho para hacerle sentir el latir de su corazón en el abrazo que entrega todo y que nada pide.

Toda vez que acudimos al confesionario, en busca de la reconciliación, ya sabemos que seremos perdonados, pues siempre será mayor la capacidad en Dios de perdonar, que nuestra posibilidad de ofenderlo, como testimonia santa Teresa de Jesús en el Libro de la Vida: “Primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir”.

Dios no pone condiciones para amar, Dios ama a cada uno de sus hijos si está en gracia y también si no lo está, y es en el confesionario donde volvemos a quedar limpios y con una renovada oportunidad de vivir.

Lepras de nuestro tiempo son las adicciones, dependencias, rencores, envidias y odios. Trata de identificar tus lepras, como aquello que te aparta de Dios y de los demás, y pídele al Señor que te limpie de todo eso. Luego trata de identificar las lepras o etiquetas que le has colocado a los otros, como tu pretexto para mantenerlos alejados. Nos fijamos en las impurezas en los demás, al igual que los demás quieren ver impurezas en nosotros. Así no se puede vivir como hijos de Dios, como hermanos, ni es posible alcanzar el ideal cristiano de amarse los unos a los otros tal como el Señor nos ha amado.

“Lo despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio». Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes” (Mc 1,43-45). Ya limpio de la lepra que lo había convertido en un muerto viviente, aquel hombre necesitaba ahora ser restituido en su propia vida por los mismos que de ella lo habían expulsado, así que Jesús lo envió como testimonio vivo de la pureza recuperada y entonces, ya sin motivos para alejarlo, tendrían que aceptarlo nuevamente entre ellos. Jesús sabe que no basta con la salud, pues en el interior de toda persona palpita un poderoso sentimiento que es la dignidad, y eso también necesitaba recuperar este hombre.

La desbordada emoción del leproso le hizo ignorar el sigilo que Jesús le pidió, y al divulgar el milagro y el modo en que ocurrió tras ser tocado por Jesús, provocó que algunos dijesen que ahora Jesús era impuro. Sin embargo, la gente acudía a él. En nuestro tiempo, el Señor sigue siendo expulsado de la vida de muchos. Las falsas ideologías y el relativismo moral proponen la exclusión del mensaje liberador de Cristo. Sin embargo, su doctrina ha llegado a millares de millones de hombres y mujeres de buena voluntad, y quienes lo hemos conocido, ya no podemos callar.

Jesucristo cambió el lugar del leproso por el suyo propio tal como ha cambiado nuestro lugar en la Cruz, y asumió en su propia persona los pecados de la humanidad, como lo hizo con la impureza de aquel hombre, para dejarnos puros ante Dios e insertarnos en la vida plena, pagando tal precio con su propia vida.