Lunes, 06 Febrero 2023

Editoriales

Se confabularon para eliminar a Jesús

Se confabularon para eliminar a Jesús

Una mañana, como gustaba de hacerlo, Jesús acudió a la sinagoga de Cafarnaúm con el deseo de instruir acerca de la observancia del sábado y enseñar que la obediencia a Dios lleva siempre a buscar el bien de los hombres porque la voluntad de Dios es que el hombre llegue a la plenitud. Pero se encontró con la incomprensión: “Entró de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si lo curaba en sábado para poder acusarlo” (Mc 3,1-2).

La ley de Shabat permitía curar en sábado únicamente si se trataba de una enfermedad mortal. Pero Jesús superó esta norma demostrando que también es lícito curar en sábado de cualquier dolencia, en vista de procurar el bien del necesitado. Al ingresar a la sinagoga se encontró con un hombre cuya mano era inservible. Este hombre quiso buscar a la divinidad, pero se encontró con obstinados vigilantes caprichosos, fariseos extremistas que en nada se compadecían de él y que solamente fijaron su atención en ver si Jesús lo curaba en sábado, para acusarlo de ello. Pero el Señor, que ve lo que otros no suelen ver, se compadeció del hombre frágil que había sido segregado por quienes, debiendo acercarlo a Dios, eran insensibles a sus dolencias. Sí, como escribe Gibrán Jalil Gibrán, Jesús “vio por nuestros ojos y oyó por nuestros oídos, y en sus labios se leían nuestras ocultas palabras. Sus dedos palpaban lo que no podemos sentir”. Entonces, “dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban” (Mc 3,3-4).

El Señor pudo esperar a que pasara el sábado, para después curarlo, pues su padecimiento no ponía en riesgo su vida, pero vio la oportunidad de hacer doctrina y de privilegiar al hombre por encima del Shabat, y le mandó pararse al centro de la asamblea de la sinagoga. Hizo que se levantara, que se reedificara a la vista de todos. Luego los invitó a la reflexión cuestionándolos acerca de la diferencia entre ser bueno y hacer el bien, pero ellos no quisieron responder debido a la rígida observancia de la ley. ¿Una ley que les hace pensar que son buenos, pero que les impide hacer el bien? Optaron por responder con un silencio encubierto; Jesús, en cambio, comprometido con la verdad, privilegió el favor al hombre: “Entonces, mirándolos con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarlo (Mc 3,5-6).

¿Jesús los miró con ira…? Sí, le contristó la dureza farisaica, porque él tiene sentimientos, que no pueden existir sino en un alma, y el alma de Jesús, siendo hombre, tradujo esa ira en una acción que no daña, sino que beneficia. Ante la dureza de esa gente, no teniendo más que decir, pasó de las palabras a la acción en bien del desamparado; le pidió que extendiera su mano descompuesta y lo rehabilitó. En efecto, a aquel hombre, que vivía sujeto por una observancia y por un padecimiento, el Señor lo liberó de ambos yugos. ¿Puede haber algo en este mundo que nos separe del amor de Dios? San Pablo asegura que no, que “criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8,39).

El Hijo del carpintero les había cuestionado acerca de la licitud del sábado, ¿salvar una vida en vez de destruirla? Ellos conservaron un silencio hipócrita, y en la maldad de su interior, optando por destruir la vida del joven nazareno, salieron de la sinagoga para encontrarse con los herodianos, esos aduladores que obtenían buenas ganancias de la corrupción del rey.

Los fariseos y los herodianos se odiaban mutuamente, pues en tanto que unos observaban un judaísmo extremista, los otros se complacían en secundar a Herodes, vasallo de Roma, que reinaba sobre Galilea. Dos partidos opuestos hallaron una causa común que los unió para ver la manera de eliminarlo, y el Señor quedó prácticamente sentenciado a muerte solamente por haber curado a un hombre en sábado, por hacer el bien, como si el sábado importara más que la vida, como si una ley fuese más importante que Dios.

¡Qué necedad fue la de aquellos que pretendían la salvación pero que quisieron eliminar al Salvador! No nos ha de sorprender, pues la bondad ofende siempre a los malvados.