Jueves, 13 Junio 2024

Editoriales

Con la medida con la que midan se les medirá

Con la medida con la que midan se les medirá

En el día de las parábolas, luego de explicar el significado de la parábola del sembrador, Jesús continuó develando el misterio del Reino de Dios a sus discípulos y les entregó otra metáfora: “Les decía también: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga»” (Mc 4,21-23).

La imagen de la lámpara es muy significativa porque se refiere a la luz, palabra clave en las Sagradas Escrituras. Jesús quiso advertir que eso que se hace oculto, un día se manifestará porque la luz se enciende para iluminar. No se refirió a una manifestación futura apocalíptica, sino a la transformación que habría de operar en los corazones. En esto radica la fuerza del Evangelio. Evidentemente, la lámpara y la luz, que son ambas el Evangelio y Jesús mismo, han venido a nosotros, aunque en aquel entonces permanecía velado en el trasfondo de las parábolas.

Dios ha revelado todo y nada se ha reservado; ahora es tarea humana descubrirlo y comprenderlo, pues es el Depósito de la Fe en el Magisterio de la Iglesia, como explicó san Cromacio de Aquilea, doctor de la Iglesia, en una de sus homilías sobre el Evangelio de Marcos: “Esta lámpara resplandeciente, que ha sido encendida para servir nuestra salvación, debe siempre brillar entre nosotros… Esta lámpara de la ley y de la fe, no debemos por tanto ocultarla, sino colocarla siempre en la Iglesia como sobre el lampadario, para la salvación de un gran número, a fin de alegrarnos de la luz de su verdad, y brillar en todos los creyentes”.

En cada creyente, esta parábola develará todo su sentido al descubrir que Cristo es luz de la mundo, aunque, relegado a un rincón de la propia historia, no podría ser la guía que esa historia requiere. Cristo, el Señor de la Historia, debe ocupar el sitio que le corresponde, entronizado en el centro de cada historia personal, al igual que se coloca una lámpara en el sitio debido para que ilumine toda la habitación y no solamente un rincón.

“Les decía también: «Atiendan a lo que escuchan. Con la medida con que midan, se les medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará»” (Mc 4,24-25). Este texto, a veces mal entendido, suele citarse con un sentido distinto alterando la expresión con las palabras con la vara que midas serás medido en sustitución equívoca del texto original como para sentenciar que, en el mejor de los casos, se será juzgado en la misma forma en la que se juzga a los demás, o peor, que sobrevendrá un castigo divino proporcional al daño que se ha causado. Pero ¿acaso Jesús no derogó la venganza idéntica, conocida también como ley del talión? “Han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo les dijo: no resistan al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra” (Mt 5, 38-39). ¿Acaso no desarmó de piedras a unos acusadores que, en nombre de la ley, se disponían a apedrear a una mujer adúltera hasta matarla, y luego él mismo la perdonó y le indicó que no pecara más? (Cfr Mt 8, 1-11).

Jesús nos ha enseñado que la medida es la cantidad de amor que cada uno decide entregar a partir de la medida de su propia voluntad; el tiempo que cada uno quiera dedicar a Dios en la medida de su propia entrega personal. Así, la medida la establece la persona; y Dios, a partir de esa medida, corresponde con abundancia de gracia y de dones celestiales. Se trata también del tiempo y de la entrega que uno mismo quiera dedicar al reino de Dios; y a quien tiene esa voluntad se le dará más, pero a quien no, la poca que tiene se le quitará para darla a otro que sí se haya empeñado.

Entreguémonos, pues, a recordar e investigar con toda atención la Palabra de Dios que hemos recibido, pues quien ama la Palabra recibirá también la inteligencia del sentido de lo que ama y, por el contrario, quien no ama la Palabra que escucha, aunque parezca que en la práctica guarda silencio por ingenio natural o por educación, no podrá gozar de la verdadera sabiduría que proviene de Dios.