Jueves, 13 Junio 2024

Editoriales

La agonía en Getsemaní

La agonía en Getsemaní

Luego de que Jesús profetizara a Pedro que lo habría de negar en tres ocasiones, “van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo hago oración». Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quédense aquí y velen». Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. (Mc 14,32-35).

El pavor y la angustia aminoran el temperamento y provocan desesperanza. El Señor describió así el estado de su alma, triste hasta el punto de morir, padeciendo él una tristeza mortal.

Su angustia, más allá que la amenaza de su muerte, era provocada por pensar en muchas almas que se perderían. ¿Cuántas almas –se preguntaba– serían rescatadas por su Sangre redentora? ¿Cuántos serían redimidos del pecado y de la muerte eterna? La respuesta del Padre hizo que Jesús se hundiera más en la tristeza al saber del desdén de tantos hombres por su sacrificio.

En Getsemaní, el rescate de la humanidad pendía del hilo que Jesús había tejido entre el cielo y la tierra. Con su alma asediada por la tristeza, resistió los embates del desánimo hasta que el abatimiento le hizo caer en tierra, donde besó el suelo con el aliento de su vida anhelando que volviese a ser el paraíso que algún día fue.

“Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú»” (Mc 14,36). Así habló Jesús al Padre, a diferencia de Adán, que prefirió hacer su propia voluntad. Así habló también a la muerte antes de vencerla. Esta la oración del Hijo al Padre, en la que la voluntad humana fue llevada por entero dentro del Yo de Jesús, cuya esencia se expresa en el “no yo, sino tú”, en el abandono total del Yo al Tú de Dios Padre.

“Viene entonces y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: «Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velen y oren, para que no caigan en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Y alejándose de nuevo, oró diciendo las mismas palabras. Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados; ellos no sabían qué contestarle” (Mc 14,37-40). Al encontrarlos dormidos, les hizo ver la necesidad de orar para no caer en la tentación, pero prefirieron dormir antes que hacer oración.

Al decir el Señor que el espíritu está pronto, pero la carne es débil, compartió la experiencia por la que él mismo atravesaba, pues en la oración es vencida la tentación; y así como subsiste la debilidad de la carne, también prevalece la fuerza del espíritu.

El Padre le respondió que más allá de saber cuántos serían redimidos, le diría quiénes sí alcanzarían la salvación, y pronunció un nombre, el de cada uno de nosotros; y al escuchar ese nombre, Jesús sonrió y aceptó morir crucificado, más que por la humanidad toda, por cada persona en particular. En efecto, el Señor murió por ti, el Señor murió por mí.

“Viene por tercera vez y les dice: «Ahora ya pueden dormir y descansar. Basta ya. Llegó la hora. Miren que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡vámonos! Miren, el que me va a entregar está cerca»” (Mc 14,41-42). En tres ocasiones interrumpió Jesús su oración para buscar el alivio de la amistad, pero sus amigos lo abandonaron a la soledad. No sabían, todavía, amar mucho y se dejaron vencer por el sueño.

Con la oración quedaron atrás la tristeza y el abatimiento, y, vuelta la entereza, las palabras de Jesús fueron de ánimo para los suyos al anunciarles que había llegado la hora en la que Dios, hecho hombre, redimiría al hombre.

Afuera del huerto de los olivos se dejaban entrever las antorchas de los esbirros que escoltaban a Iscariote, aunque en rigor no fue él quien entregó a Jesús. Judas carecía de la dignidad de entregar al Mesías. Ese acto de amor infinito fue de Dios, fiel a su alianza “porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16), pues, como canta el Pregón Pascual:  “¿de qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!”.